Primera Infancia
por Eduardo CASANOVAUn camino en el camino
Un camino de abejas y de hojas
De piedras y lagartijas
Y de lagunas lejanas
Una cocina de leña
Con miel y con frutas frescas
Agua de dos manantiales
Y una calle de luces y de palmas
Un techo lleno de estrellas
Y de tormentas cercanas
De dragones voladores
Que pasan cerca del techo
Y cantan de madrugada
Un valle lleno de valles
Que se acerca hacia la tarde
Y una luz que no se apaga
Esos son los territorios
De mi primera infancia.
Boves y Chávez
por Eduardo CASANOVA
Si en algo no hay discrepancia alguna entre los historiadores y todos los que estudian o han estudiado la vida de Venezuela, es en la afirmación de que José Tomás Boves, el asturiano que en los primeros tiempos de la Guerra de Independencia venezolana se convirtió en el azote de Bolívar y los suyos era un bárbaro, un criminal, un asesino imperdonable. Sus hordas robaban, saqueaban, asesinaban sin discriminar. Miles de hombres, mujeres, niños, ancianos, fueron degollados sin misericordia por los llaneros de Boves, que disfrutaba enormemente la sangre que vertía. Azuzaba las más bajas pasiones, el odio, el resentimiento de todos los que habían sido en mayor o menor grado víctimas de las injusticias sociales de su tiempo. Sin embargo, el médico José Domingo Díaz, el “cronista” de los defensores del Rey de España, libelista que usaba un lenguaje muy parecido al que usan, por ejemplo, el teniente coronel Hugo Chávez y sus partidarios en el siglo XXI, cuando murió Boves en Urica, describió al terrible asturiano así: “el hombre más valiente del mundo entero, el más desinteresado de todos los hombres, el que en todas sus acciones no tuvo más objeto que el servicio de S. M. y el castigo de sus enemigos, el terror de Bolívar y de toda la sedición y uno de los europeos más dignos por estos caracteres de este nombre inapreciable.” Mutatis mutandi, ese elogio desproporcionado recuerda los de los seguidores incondicionales de Hitler o de Stalin o de Hoxa o de Mao o de Fidel Castro o de Pol Pot o de Hugo Chávez, al hablar de sus ídolos, a pesar de las realidades terribles e innegables que los condenan. También Mutatis mutandi, los hechos de Chávez en el fin del siglo XX y el comienzo del XXI son muy parecidos a los de Boves en el XIX. La masacre del 11 de abril, los crímenes de la Plaza Altamira, la Lista de Tascón, el fomento del odio y del resentimiento, el saqueo y la corrupción, la excitación de las pasiones más bajas de las masas anónimas, son hechos que nadie puede negar. Como no se puede negar que aparecen muchos sujetos como José Domingo Díaz, que pueden llamarse José Vicente o tener cualquier otro nombre, pero cumplen el mismo papel que el libelista archienemigo de Bolívar. Boves cayó atravesado por una lanza en Urica el 5 de diciembre de 1814. Mutatis mutandi, el nuevo Boves debe caer también atravesado, pero no por una lanza, sino por los votos de la inmensa mayoría de los venezolanos, que en realidad, gracias a la democracia, no se parecen a los llaneros de Boves, aunque muchos se hayan dejado seducir por los cantos de sirena de Chávez y los suyos, que sí son primitivos y resentidos, enemigos a muerte de la justicia y el progreso, como Boves.
Rafael Vegas, Psiquiatra y Civilizador Contemporáneo - Parte Final
por Roberto J. LOVERA DE SOLABuena parte del estudio biográfico que acaba de leerse está basado en nuestros trabajos “Sobre Rafael Vegas", El Nacional, Caracas: Abril 17, 1978, Cuerpo A, p. 4 y “¿Cómo era Rafael Vegas", en El Nacional, Caracas: Abril 24,1978, Cuerpo A, p. 4. Vivíamos en la ciudad de Chicago, Illinois, Estados Unidos, cuando escribimos esos artículos, los cuales constituían una larga reseña sobre el libro de Arístides Bastidas: Rafael Vegas: reportaje biográfico. Caracas: Ed. Ariel, 1978. 268 p. el cual nos había remitido el maestro Pedro Grases (1909-2004), su editor. Al redactarla añadimos algunos datos que habían escapado a su autor. Con ocasión de nuestras columnas nos remitió el diputado Ramón Hernández Ron (1897-1978) una carta y copia de la que él mismo había dirigido a Arístides Bastidas (1924-1992) con ocasión de la publicación de su libro sobre Rafael Vegas. Al reseñar la obra de Bastidas nos dimos cuenta todo lo que le censura Hernández Ron y de allí que escribiéramos en nuestro artículo que el libro de Bastidas:
“traza la biografía de Vegas dentro del marco de su tiempo y nos ofrece un bosquejo bastante claro de la evolución venezolana en los últimos sesenta años, en el cual es, salvo algunos errores de apreciación, de falta de documentación precisa o de dislocada pasión política, un trabajo acertado” (Sobre Rafael Vegas, El Nacional, Caracas: Abril 17, 1978, Cuerpo A, p. 4).
No podíamos decir más pues si nos hubiéramos dedicado a criticar a Bastidas no hubiéramos podido presentar la personalidad de Rafael Vegas, cuestión, mucho más importante. No recibimos la carta de Hernández Ron sino año y medio más tarde cuando, el 5 de noviembre de 1979, vinimos a Caracas a pasar las navidades y la insertamos ahora junto con la copia, que él mismo nos envió, de la misiva que dirigió a Bastidas. En su epístola Hernández Ron aclara cada uno de los puntos a los cuales nos hubiéramos referido nosotros de detenernos en ese aspecto del libro aludido. Más que refutar al biógrafo nos interesaba escribir sobre Vegas, de quien hemos conservado siempre un recuerdo imborrable, para mostrar a la gente joven del país el significado de la vida y actividades de quien fue llamado, por Francisco Herrera Luque, quien lo conoció bien: “Figura notable y arquetípica” (En la casa del Pez que escupe al agua. Barcelona: Pomaire, 1978, p. 568, nota 153). He aquí el contenido de las correspondencias citadas:
Ramón Hernández-Ron
Diputado al Congreso de la República
Particular
Caracas, 18 de Abril de 1978
Señor
R. J. Lovera De-Sola
“El Nacional”
Caracas.
Distinguido Amigo:
Leo en su columna de hoy, en El Nacional, su crítica acerca del libro Rafael Vegas, del que es autor el señor Arístides Bastidas.
Como siempre, en general, sus escritos son justos, equilibrados, bien pensados, excelentemente expuestos, serios. Salvo, desde luego cuando su buena fe no ha sido sorprendida ni la verdad es escamoteada, como en el caso actual.
Para ser breve me permito acompañarle en el ruego de que se sirva hacerla conocer algún otro incauto que haya sido engañado, una fotocopia de la carta que le dirigí al referido Bastidas que se explica por sí misma.
Soy de usted con toda consideración, su atento amigo que le aprecia.
Ramón Hernández-Ron
Ramón Hernández-Ron
Diputado al Congreso de la República
Particular
Caracas, 3 de Marzo de 1978
Señor Doctor
Arístides Bastidas
Ciudad.
Señor Doctor:
Los aficionados a la historia tal es su caso, incurren a menudo en juicio a la ligera, e insensateces. Se les podría llamar historiadores a la violeta. Son respecto a los verdaderos estudiosos, a los analistas, lo que el militar de nuestras montoneras, los “chopos de piedras", al militar actual de escuela y de carrera.
Para juzgar una obra como Cesarismo democrático, las obras de don Laureano Vallenilla Lanz, al igual que las del doctor Pedro Manuel Arcaya o las del doctor José Gil Fortoul, se requieren dotes y sabiduría igualmente basadas en las disciplinas de esa materia, en su estudio metódico, sin empirismo y sin fantasía. Son estos autores los únicos, fíjese bien, los solos que han ahondado con circunspección, con ciencia y con conciencia, afincados en la sociología y en la historia, científicamente, acerca de la realidad venezolana, confrontando los hechos, distinguiéndolos a la luz de la técnica, del conocimiento y la experiencia.
Yo convengo, señor, en que las ideas se discuten y más aún cuando están en el dominio público intelectual; pero hay que oponerles ideas, no infundios ni ridículas majaderías, impropias de aparecer en un ensayo que querría ser veraz, positivo y con fines elevados. En esto no se puede innovar. Existen reglas y razones. Fuentes y raíces: filosóficas, económicas, sociológicas y geopolíticas, son ellas las que movieron los espíritus de esos pensadores quienes, atentos, estaban, convencidos íntimamente de la validez de sus teorías, frente a la realidad de los momentos que se vivían en Venezuela.
Ese conjunto de deducciones y conclusiones, fruto de largos años de labor y meditación, constituye la base, el soporte de las tesis que esos filósofos de la historia presentaron con valor, con firmeza, con entereza, sin tratar de ocultar aún a fuerza de parecer pesimistas, derrotistas o aprovechadores. A la teoría, pues, surgida de esas doctrinas, le dio beligerancia la idiosincrasia nuestra.
A mis manos han llegado algunas de las producciones de Usted, que no son del género histórico-político. Las he leído y las he encontrado convenientes, claras e instructivas. Pero en cuanto usted aborda, como en su libro biográfico acerca del doctor Rafael Vegas, la cuestión histórica en su esencia absoluta, como fiel intérprete (que debería ser) de la verdad que ha de ser transmitida a otros, sin soslayaría ni adulterarla, usted la desnaturaliza, la tergiversa, la desfigura, la altera y con criterio simplista y sin comprobar los dichos y los hechos, los admite y los cauciona para adular a la galería. Usted mismo le resta seriedad a su relato. Así, cuando asienta que una revolución que se preparaba en 1930, para tratar de derrocar al general Gómez con una nueva invasión, fue frustrada por las delaciones de los diplomáticos y los espías que tenía el dictador, cuyo jefe era Vallenilla Lanz quien no fue nombrado Embajador en París sino en abril de 1931. Debo agregar, para su ilustración, que el doctor Santos A. Dominici era compadre de don Laureano quien, por lo demás, mantenía excelentes relaciones con la mayoría de los exiliados en Francia, tales como don Juan Otáñez, el doctor Alberto Smith, el general Antonio Aranguren, el Dr. Alberto Zérega Fombona, etc. este último era corrientemente invitado a la casa particular de don Laureano.
Y de todos los nombrados viven actualmente muchos familiares, que pueden atestiguar la veracidad de cuanto expreso.
Su desconocimiento de la personalidad de don Laureano Vallenilla Lanz, de su cuna, su elegante gallardía, sus maneras distinguidas, su austera altivez, quizás podían servir para tratar de excusar la descabal actitud innoble e infeliz, de las expresiones que gratuitamente Usted emite.
Con un poco menos de vehemencia o de virulencia, con una pizca de sosiego o de paciencia, libre el alma de pasiones graves, habría usted podido informarse mejor, asesorarse, cual compete a un verdadero historiador, de la categoría intelectual, intrínseca, cierta, abierta; de la humana dignidad, honesta, que fluía de su persona, recia, ajena a una bajeza como la que Usted no vacila en endosarle. Repito: con un poco menos de violencia en su inventiva pseudohistórica, digo yo, bien habría usted podido averiguar, pues eso era vox populi, quien fungía de jefe o director del espionaje en Europa.
“Así como hace falta un enfoque nuevo, racional, sobre la personalidad del Benemérito y un nuevo estudio de mayor seriedad analítico-crítico de su régimen, ya es tiempo, así mismo, de que se escriban trabajos menos laudatorios y más en el contexto de ensayo monográfico en relación a los verdaderos aportes de la juventud de aquella época”, dice Mario Torrealba Lossi, recientemente, al comentar un ensayo del escritor Pedro Felipe Ledezma sobre las ideas y los programas marxistas durante las luchas que sostuvieron los opositores al régimen de Juan Vicente Gómez.
Por su parte el sagaz, enjundioso Virgilio Lovera, en su columna que intituló “El Transformador”, publicada en El Nacional del 27 de febrero próximo pasado, escribe en magnífica y cáustica prosa: “Deliberadamente hemos omitido los nombrecitos de Restaurador y Rehabilitador otorgándoles a Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez pensando, acaso con sano criterio, que el señor Pérez puede parecerle peyorativo un paralelismo con esos caudillos que muy poco hicieron. Apenas invadieron el Centro con sesenta hombres, desde la frontera, para que don Cipriano ganara a pecho limpio, soltara trincheras y tomara cuarteles, en clara demostración de atributos de la masculinidad, al tiempo que Gómez, con el correr de los años, se convirtiera en una de las figuras más determinantes de la política venezolana en lo que va de siglo. Pero esos logros palidecen ante las conquistas obtenidas por la administración de C (arlos) A (ndrés) P (érez) en cuatro años escasos”.
Ahora bien, no crea Ud. que con esto yo trate de justificar la dictadura, cualquiera que ella sea, nacional o extranjera, lo que busco es explicármela por análisis y comparaciones, a limitación de los cuestionados, aludidos grandes psico-filósofos, que han sido también grandes patriotas y que han contribuido como los que más, a sentar escuela y a sentar la historia y la vida de Venezuela sobre bases reales y experimentales.
Creo que no debo terminar sin refrescarle que el general Juan Vicente Gómez gobernó él solo durante 27 años y que murió en su cama. Como dice el historiador doctor Antonio Arellano Moreno, fue dictador a vida.
Cuanto el general Marcos Pérez Jiménez y al doctor Laureano Vallenilla Lanz, hijo, no fueron ni el uno un genératele ni el otro un doctorcillo.
El general Pérez Jiménez fue el primer oficial de su promoción en el curso de Estado Mayor en la Academia Militar de Chorrillos, en el Perú y gobernó luego aquí por diez años.
El doctor Vallenilla fue abogado y doctor en Ciencias Políticas y Sociales de la Sorbonne, de París, con mención “tres bien” y a más de un magnífico escritor, autor de varios volúmenes, uno de ellos, “Allá en Caracas”, quizás una de las mejores novelas venezolanas, tiene una larga carrera política. Fue Ministro de Relaciones Interiores por espacio de cinco años consecutivos. Fue su último cargo.
Y va de cuento:
En alguna oportunidad el emperador Napoleón al querellarse con su ministro Talleyrand, le increpó: “Usted no me había dicho que su mujer era la querida Duque X ni que su sobrina vivía con el Marqués de tal. Usted no es sino un m … en una media de seda”. A lo que el Príncipe, con una reverencia, respondió: “Señor: yo nunca imaginé que la enumeración de mis desdichas pudiera agregar nada a la gloria de Vuestra Majestad”.
Yo me atrevería a parodiar los injuriosos falsos epítetos que usted prodiga alegremente a la memoria de las personas que han motivado esta carta, no destacan, ni mucho menos engrandecen la señera imagen de su brillante e ilustre biografiado, quien siempre se distinguió como un hombre modesto, probo, sencillo y austero, que nunca hizo desplantes de mártir ni de héroe nacional.
RAMÓN HERNÁNDEZ-RON.
En la duda
por Alejo URDANETAcaballos veloces aplastaban
la nieve profunda…
A un lado
un templo sagrado, solitario
asomaba al camino.
De pronto estalló la nevasca
y la nieve cayó a grandes copos.
En el ala azabache
un graznido,
sobrevuela un cuervo el trineo.
¡El gemido augura desdichas!
Los caballos de andar presuroso
oteaban las sombras lejanas”
Naciste, pobre funcionario de provincias, para cumplir el mantenimiento del orden en un pueblo asediado. Dices vivir hoy la nieve de primavera, la última del infinito invierno que impide tu sueño, en una barraca que sirve como habitación y tiene lo indispensable.
El cielo te cambió la felicidad por la costumbre, lo leíste en un poema. Tu existencia tiene callos como los de tus pies macerados en duras botas. Te sientas por la tarde en la mecedora a la puerta del calor. El pueblo está siempre vigilado por un ejército militar que tiene un jefe de Departamento con quien juegas a las cartas. Ocurren esos movimientos inexplicables de camiones de tropa que van por las calles levantando el polvo rojo de la sequía, y no sabes para qué ni a quién persiguen o buscan. El jefe del Departamento es tu amigo pero no te da respuestas. El juego de cartas exige atención.
Siempre, en algún lugar del pueblo, es maltratado un hombre, a veces un niño o una mujer. No sabes de la falta que les imputan. Siempre hay alguna persona humillada o torturada, lo exige el orden y no hay otra explicación.
Dices recordar a una niña casi mujer a la que trajeron con su padre. El hombre venía a empujones y lo golpeaban para que no se detuviera y llegase al lugar de confinamiento: un almacén agregado a la barraca de soldados. Te enteraste de que el hombre se había rebelado ante una orden inútil. El lenguaje silencioso del cautivo engendraba fuego, el silencio es fuego. Porque no cantó, su sombra canta ahora y va goteando sufrimiento. Irá al almacén con suelo de tierra apisonada y allí quedará aherrojado. Ese es el destino que impone la autoridad.
En la espectral textura de la oscuridad, la melodía de sus huesos quebrantados sonará como campana seca.
Ella había visto cómo maltrataban a su padre, escuchó sus lamentos y nada podía hacer. Y tú estabas allí y también presenciaste la humillación que sufrían los prisioneros de la nada. La niña dejó de serlo cuando contempló la agresión de los inquisidores, vio cómo iba callando el alarido del padre hasta apagarse en la tierra, costras de gris en el desierto del pueblo. Lo vio morir antes de que pudiera llegar a la prisión de la barraca.
La niña fue tomada a la fuerza y llevada a otro lugar cerrado: cuarto de herramientas oxidadas, olor de podredumbre.
La llevaron al cuarto pestilente y debajo de su vestido de niña ardió un campo de llamas. Calló su palabra pero su rabia la transformaba en bestia que pateaba, y fue agredida y sus pies golpeados hasta deformarse. Los ojos recibieron el golpe involuntario y quedaron atrofiados: sólo le dejaron un resplandor para que pudiese seguir el camino. En su visión maltrecha, un agujero, una pared que tiembla.
Y tú estabas allí.
Después sentiste remordimiento, quisiste ser padre, la figura llamada padre, cualquiera que sabe que maltratan a su hijo y no puede protegerlo. Ese hombre prisionero tenía un deber que cumplir y no pudo hacerlo: nunca le será perdonado. Saberse condenado por no salvar a su hijo, ése era su único conocimiento. Y tú querías asumir la paternidad tronchada a la niña. Así lo sentiste ese día.
Te acercaste a la mujer baldada y le ofreciste protección. Estás solo y envejeces. Ella no se opuso y se fue contigo, pero no te quería porque eras otro funcionario de aquellos que la agredieron y mataron al padre. Ablandaste el rencor – o creíste hacerlo – a cambio de seguridad y alimento. Había yacido días animales, y el viento y el fuego de la ira se borraron por algo que parecía sumisión y era indiferencia. No sabe ahora si es pájaro o jaula, o mujer que ha quedado entre cirios para cubrirse de cenizas. Tan fácil para ella saber que no hay nada más.
Actuaste con rectitud, deseabas compensar el dolor y la humillación, porque la soledad ya la traía. Decías para ti mismo que no había otros motivos dudosos para tenerla contigo. En el fondo tenías la certeza de que hay un lugar y un momento para la penitencia, y ese era tu casa. Estabas pidiéndole una contrición de la que ella no era deudora. Con eso justificabas el acercamiento amoroso, rechazado en silencio. Sabías que ella no volvería a ser enteramente humana.
El amor puede ser un simple hecho de la vida, y los actos de un funcionario de provincias pueden significar todo o ser inocuos: amarla para aliviar su tormento, poseerla, intimidarla, alejarla de ti. Todo eso pudieras hacer. La contemplas y ves sus cicatrices, sientes que la salvaste de morir pero te reconviene la culpa de no haber evitado su dolor sin remedio. Todo parece normal.
Cedía la mujer a tu búsqueda, pero cerraba los ojos ciegos para no abrirlos nunca más. Que afuera el curso de la vida se alimente de relojes, de flores sin perfume. Ella toca los espejos de su mutismo y no pronuncia palabras que no puede articular en su mente alterada.
Pudo sonreír alguna vez, dejar que la acariciaras y responder al llamado de la sensualidad; pero todo era efímero. Sus ojos apagados miraban hacia la noche en pleno día. La palabra era solamente un sonido ininteligible. Es muda la muerte. El voraz sonido de la garganta de la niña es un murciélago que vuela al techo de la barraca. Tú eres una máscara callada, sin poder ofrecer el sortilegio de la palabra que une, y vigilas este aposento de miseria donde la temible sombra es la tuya, porque ella no tiene sino oscuridad y no percibe ningún cambio, apenas la lumbre de la llama de una vela.
No sabías si la amabas cuando un amanecer ya no estuvo más. Le habías dicho una vez: “Haz que no muera sin volver a verte”, y llegó ese día en que ella no estaba. Signos en los muros, insectos que se posan en el estambre de la ventana.
Sales a encontrar al viento, preguntando a la noche. Te llama la sapiencia de lo oscuro y acudes a la sombra, asediado por lobos hambrientos en el desierto negro. Late el silencio con sangre espinosa y suena lívida su ausencia. Preguntas a la incierta luz de las constelaciones cuál libertad le diste a ella al rescatarla. No fue la de comer o pasar hambre, permanecer callada o hablar contigo. Cambiaste su vida y pudo sobrevivir, pero nunca sanaste su herida con bálsamo alguno. El abrigo paternal que quisiste ofrecerle estaba roto. No lo tenías tampoco para ti.
____
Tengo toda la noche en las venas. Puedo ahora perderte, dejar mi cuerpo mudo a la urgencia del deseo.
Al anuncio del primer albor, cuando el ave ensaya su canto, abriste la puerta hacia el día y quedé entre filosas piedras, cerrado el portón hacia mí mismo. Quedamos, al alba, solos, separados.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
Las Palabras y los Muertos
por Alberto HERNÁNDEZ1.-
Bordeo la isla, la abordo a través de las páginas de Las palabras y los muertos (Seix Barral, 2007), del escritor cubano Amir Valle, quien hoy vive en Alemania. Hojeo con gusto los primeros instantes del libro, me sacudo los fantasmas y, finalmente, entro a sus capítulos, como quien entra en casa ajena. Quien me invita a pasar usa un tono seguro: se trata de una novela que viene de ganar un premio, el Internacional Mario Vargas Llosa de la Universidad de Murcia, España.
“No habito Cuba: Cuba me habita”, afirma el escritor en su página electrónica. Ciertamente, Las palabras y los muertos es la Cuba de Fidel Castro, la que habita los buenos y malos sentimientos de América, la un Fidel en cámara ardiente, un Fidel cadáver, envuelto por la narración de un personaje que nunca lo abandonó, su guardaespaldas personal, Facundo, “la sombra del Jefe”. Se trata entonces de la Cuba que hoy físicamente no habita Valle, pero que lo sigue habitando a través de ese fantasma inmenso que ha dominado al pueblo cubano por casi cincuenta años.
Por eso escribe Amir Valle, por Cuba, por la hermosa y terrible imagen que Virgilio Piñera dejó marcada en la conciencia de los cubanos: esa “maldita circunstancia del agua por todas partes”.
Bordeo el peñón de esa imaginación. Entro y salgo por la libertad que me ofrece el novelista. Su isla particular, la que navega en las palabras de Facundo, inventario verbal de quien por cinco décadas ha gobernado con mano dura el orgullo de los cubanos.
2.-
“Fidel ha muerto”, así comienza la obra. Fidel ha muerto y ha desclasificado sus secretos gracias a los recuerdos de Facundo. De allí en adelante el lector se ensimisma porque respira el presente. La novela no es un referente de lo ya conocido. La ficción le ha permitido reconstruir una biografía de Fidel Castro -cercana a la locura, a la realidad que sólo la intimidad palaciega es capaz de albergar la lealdad de Facundo-, toda vez que lo acompañó desde los inicios de la guerra de guerrillas en Cuba como su espaldero. Su hombre de confianza.
Cuentan los anónimos, personajes referenciales que de alguna manera han estado cerca del poder. O de la tragedia que ha significado para ellos saberse parte de un proceso liderado por Fidel, Raúl Castro, Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara, Norberto Fuentes, Carlos Rafael Rodríguez, entre otros, vivos o muertos por la gracia de la duda o de las trampas de la política.
Suerte de Proscrebyshev en el relato de Karagushin, “La sonrisa de Stalin”, Facundo transita entre los afectos y el miedo, ese miedo reservado a lo más íntimo, al sacudimiento que le provoca la presencia del “Jefe”. Es el único que tiene el privilegio de compartir conversaciones con terceros, secretos y explosiones del carácter de este hombre convertido en icono de la “izquierda” latinoamericana.
Los personajes que se agitan en estas páginas son tan cercanos, tan actuales: cuestionan el pasado inmediato y se saben parte de un presente que no ha terminado de concluir. Hugo Chávez, Lula, Daniel Ortega, Evo Morales, la tensión cotidiana de estos años que abundan en la conciencia colectiva de los americanos de habla española.
¿Crítica, autocrítica? La ficción, dama perfecta para derribar tantas estatuas, delinea cada instante del personaje de la novela. Fidel se explaya frente a Facundo. Confiesa sus debilidades y fortalezas. Se muestra tirano y humano. Santón y criminal. Terrible y magnánimo. Arrogante y dolido.
3.-
Uno de los instantes más reveladores de la obra toca el affair Ochoa. Arnoldo Ochoa, el general que fue fusilado por narcotráfico. La duda se instala en Facundo cuando Fidel justifica ciertos delitos internacionales que le reporten beneficios para construir escuelas y hospitales. Facundo se debate entre la luz y la sombra: cree encontrar en la voz del Jefe lo que tantas veces él mismo negara: ha jugado al negocio de la droga. La última vez de Ochoa con Fidel queda como un fresco de una realidad que aún sigue latiendo en la memoria de los cubanos, al menos la de los personajes que se reflejan en la obra. Aquella conversación, aquel abrazo, aquel fusilamiento dos horas después. Por un lado salía la familia de Ochoa del Palacio de Gobierno con esperanzas en los ojos, por otro entraba el General con la marca de la muerte en los mismos ojos, alejados, a punto de hundirse en el silencio, en la degradación social activada por la justicia revolucionaria.
La tragedia sería una continuación en la isla, una vez desaparecido Fidel e instalado el siguiente de la dinastía: Raúl: “…que con la muerte de Fidel a Cuba le quedaba un único camino: regresar a los tiempos del capitalismo, “pero a un capitalismo que va a ser más duro porque aquí la gente se ha acostumbrado a no trabajar, Facundo”, y agregaba que en eso Fidel había tenido la mano demasiado blanda, “porque con todo lo que nos dieron los rusos, si los cubanos trabajáramos de verdad y no botáramos tanto lo que nos regalan, seríamos ahora una potencia mundial” (p. 242). Esta misma imagen aparece en boca de Carlos Rafael Rodríguez, en la misma página: “en la idiosincrasia del cubano hay una raíz parásita que viene de haber recibido durante siglos la influencia, llegada primero de España y de Estados Unidos después, de que puede vivirse de las riquezas de otros países”. Agregaríamos desde nuestro lamentable momento político, que Venezuela se ha incorporado a esta lista de dadores y chulos ideológicos.
4.-
Esta es una novela que duele. Y mucho más sentimos la desgarradura cuando leemos la declaración de vida de su autor: cubano por todos los costados de su isla, amante de Lezama, Carpentier, Piñera, Cabrera Infante, de uno y de otro, partes de un rompecabezas que no ha terminado de armarse, y quien además se confiesa “empecinadamente loco”.
Como lectores sentimos lo mismo: Amir Valle, de quien sólo sabemos de esta obra, ha sido reconocido en varios concursos internacionales por la calidad de su poética, donde respira la dislocación del hombre. De allí que sintamos que Cuba -como Venezuela o Islas Canarias- sea una herida que no termina de cerrarse, cuya cicatriz es el deseo más anhelado de esta historia, real y ficticia, que cada día es más personal.
Narrada como se cuenta un cuento, de atrás hacia delante o viceversa, en la mejor tradición de nuestra inteligencia novelística, Las palabras y los muertos pasará a ser una referencia importante para todos los que navegamos con nuestras islas a cuestas.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Chantaje de un pistolero
por Eduardo CASANOVAEl Universal de hace unas semanas trajo, con la firma de Ocarina Espinoza, una noticia que dice mucho: “El presidente de la República, Hugo Chávez, volvió hoy a alertar a sus acólitos sobre la intención de la oposición de intentar sacarlo del poder si llegan a ganar varias gobernaciones y alcaldías en las próximas elecciones regionales. Sostuvo que ‘si eso llegara a ocurrir ustedes tenga la seguridad de que el próximo año sería un año de guerra porque ellos vienen es por mí, es la orden del Imperio: saquen a Chávez’ “. Se trata de un simple chantaje. Una amenaza que pretende evitar que la gente lo rechace, y que asimila el rechazo a la aceptación de un “úkase” del imperio del mal. Son tácticas de pistolero. “Si me rechazan, tendrán en la conciencia una masacre de venezolanos”, es lo que pretende decir. Es lo que dice. ¿Y así pretende desarmar a los defensores de la libertad y la democracia? Cada día queda más demostrado que el teniente coronel Chávez Frías no es sino un simple gánster, un pistolero que apela a las armas más innobles, más bajas, para mantenerse en el poder y seguir abusando, robando, dañando al país. Y frente a esa evidencia no puede haber sino un camino: seguir combatiéndolo, seguir apelando a todo lo bueno que subsiste en el alma de los venezolanos. Seguir oponiéndose a los ladrones, a los canallas, a los que han estado en el poder durante los últimos diez años. No hay otro camino.
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de...
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
I
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
Uno de los factores más importantes de la vida venezolana, antes de la Independencia, fue la llamada Compañía Guipuzcoana, una Corporación creada en el Siglo XVIII para administrar el comercio entre Venezuela y España, que en la práctica significaba monopolizar el comercio exterior de Venezuela. Su existencia tuvo dos efectos de singular importancia: el primero fue el desarrollo económico de la región, que alcanzó un nivel que hasta entonces no había logrado; y el segundo, que bien puede ser el primero en importancia, fue la tendencia a la rebelión en contra de la metrópoli española, que se inició como incomodidad ante el monopolio, pasó a ser necesidad de independencia económica y a la larga se convirtió en la necesidad de independencia política, todo lo cual llevó a una revolución social.
La idea de constituirla debe haberse planteado a raíz del informe de Pedro José de Olavarriaga y Urquieta, Juez de Comisión para la erradicación del contrabando en Venezuela, que visitó en país entre 1718 y 1721 acompañado por Pedro Martín Beato, que tenía los mismos títulos e intenciones. Son los mismos que vimos cuando hablábamos del hombre de los tres nombres, Marcos de Betancourt y Castro, cuya memoria debería asustar o extrañar a los venezolanos. Ambos, Olavarriaga y Beato, verificaron la práctica generalizada del contrabando, especialmente con los holandeses, y se enfrentaron con alcaldes, ayuntamientos y gobernadores por igual. Lograron la destitución del gobernador y capitán general de Venezuela Marcos de Betancourt y Castro, a quien acusaron de amparador del trato ilícito, pero no podemos saber si sus razones no estaban levemente contaminadas con intereses distintos a los de la santidad de la ley, a pesar de la beatitud del apellido de uno de ellos. Olavarriaga se hace especialmente sospechoso porque poco después lo encontramos como promotor de la Compañía Guipuzcoana, de la cual fue su primer Director General. Una Real Cédula del 28 de septiembre de 1728 le otorga el monopolio absoluto del comercio venezolano, y entonces empieza uno a entender sus rigurosas actuaciones en contra de los contrabandistas, que no eran otra cosa que un trabajo contra la competencia, anticipado y planificado con helada eficiencia.
El nuevo gobernador y capitán general de Venezuela, don Diego Portales y Meneses, aliado con el Obispo don Juan de Escalona y Calatayud, tratará de oponerse al establecimiento de la Guipuzcoana, pero sin éxito. Se le enfrenta el partido del Ayuntamiento, dominado por los mantuanos criollos, que tienen intereses en la nueva Compañía. “El primer accionista de la Compañía fue el rey Felipe V, quien recibió 200 acciones por valor de 100.000 pesos. La provincia de Guipúzcoa suscribió 100 acciones, y en 1760 eran también accionistas individuos de las familias caraqueñas Toro, Bolívar, Ibarra, Tovar, Ascanio (Ascaín), La Madrid, etc. Los accionistas llegaron a recibir hasta el 160% del capital vertido". (José Gil Fortoul, Historia Constitucional de Venezuela, I, 114. Citado por J.A. de Armas Chitty, Caracas, Origen y Trayectoria de una Ciudad, Tomo I, Fundación Creole, Caracas, Venezuela, 1957, p. 109) Olavarriaga sabía lo que hacía.
El péndulo de la historia
por José Tomás ANGOLA
Latinoamérica es una región políticamente predecible. Si hiciésemos un ejercicio de simplificación de la historia, podríamos concluir que nos hemos debatido entre gobiernos radicales de izquierda que destruyen las finanzas, aplastan las libertades y crean miseria con las mentiras de la revolución, y gobiernos radicales de derecha que meten en cintura las economías y levantan infraestructuras por doquier pero a un costo criminal en represión y vidas. De cuando en cuando, el péndulo se detiene en el centro, donde deberían habitar los gobiernos democráticos. Pero en esos escasos momentos saltan los vicios que cunden en los extremos. Vicios como el populismo, la tentación autoritaria, la corrupción, la ineficiencia y la ineficacia. Pareciera que estamos condenados a padecer eternamente la peor de las plagas: nuestra propia idiosincrasia. América Latina crecerá este año menos que Asia y aún África en eso del desarrollo económico. La razón es el acendrado populismo que se impone entre los gobiernos del patio. Obviamente es fácil imaginar el siguiente paso en esta turbia historia. Gobiernos que reaccionarán diametralmente opuestos a los que actualmente destruyen nuestros países. El espejismo continental del socialismo extremista, patente en el discurso alucinado de nuestro líder máximo, está total y exclusivamente sostenido por los petrodólares que Chávez regala a diestra y siniestra. Los altos precios del crudo, a pesar de la crisis económica mundial que apenas empieza, se sostendrán un rato más hasta que finalmente la debacle nos golpee con saña. Pero ese eco financiero del mercado, ese “mientras tanto” traducido en dólares es más que suficiente para que la revolución siga manteniendo a la manga de gobiernos inútiles y desastrosos como el cubano, el boliviano o el nicaragüense. Nadie negará que hoy en día todos los radicales del orbe quieren a Chávez. Aunque en realidad deberíamos decir que lo que quieren es el petróleo que controla Chávez. Mas ese líquido espeso y ominoso como el pecado, sólo nos ha servido para comprobar lo tremendamente inmaduros que somos como sociedad, lo brutalmente perdidos que andamos en el planeta. Con una décima parte de nuestra riqueza natural, y con dos bombas atómicas encima, Japón se levantó de una guerra devastadora en menos de dos décadas, y en dos más se colocó a la cabeza de la economía planetaria ¿Qué tenía Japón diferente a nosotros? Espíritu, fortaleza de ánimo y claridad histórica. Japón aún no se había parado de la golpiza recibida durante la guerra y ya estaba mirando hacia su futuro. Y lo único que tenían los nipones para salir adelante era su voluntad. Venezuela luce como el Japón de 1945. Nagasaki e Hiroshima son estampas conocidas si observamos un barrio cualquiera o nos paseamos por La Guaira. El efecto de la revolución bolivariana en la república es comparable con el bombardeo atómico. No lo exagero. Si calculamos lo que se perdió en aquella tragedia nuclear y lo que este señor ha destruido en diez años, nos sorprendería reconocer la cercanía entre las cifras. Y no comentaré el número de vidas sacrificadas por la violencia criminal en el país contra las perdidas de los japoneses en esas dos ciudades, porque aterraría lo cerca que están ambas estadísticas. ¿No podríamos sacar una enseñanza del estado del sol naciente? Lo dudo. Nuestra propia historia está llena de experiencias sufridas como nación y no asimiladas como pueblo. Hay voces que todavía resuenan en el eco de los tiempos, voces que son ahora como crueles recordatorios de nuestros continuos errores. José María Vargas, Fermín Toro, Rufino Blanco Fombona o Arturo Uslar Pietri, pensadores que nos dicen que seguimos siendo unos niños sin sentido de presente ni imagen de futuro.
Chávez con todo el dinero recibido desaprovechó la mejor oportunidad que se ha presentado en nuestra historia contemporánea para convertir este país en un estado moderno. El comandante en cambió se empecinó en impulsar el más inútil e inservible de los proyectos que gobernante alguno haya propuesto: la revolución bolivariana. Pero ni todo el dinero del mundo podrá comprar las conciencias de todos durante tanto tiempo. ¿Qué ocurrirá entonces? Lo de siempre. Violenta o pacíficamente el péndulo de la historia irá hacia el reverso de la presente situación, con tanta fuerza como fuerza le imprimió Chávez en la dirección contraria. Que conste que este axioma es de Newton, no mío. Ese es el dramático destino de Venezuela. Un eterno ir y venir, hasta que todos comprendamos lo que somos como nación y seamos responsables del pasado que cometimos y del futuro que causaremos. Mientras tanto el péndulo se columpia de tragedia en tragedia.
JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.
















ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
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